CREO EN LA EVOLUCIÓN

Sí, no estoy de broma, estoy hablando muy en serio, aunque parezca que no, porque un@ puede preguntarse al leer este título ¿y qué tendrá que ver la evolución con la vocación? ¿Esto no era un testimonio vocacional? Sí, no te has equivocado, hablamos aquí de vocación ¡¡¡evolucionada!!!

Si ya nos conoces un poco, y si no cuando nos vayas conociendo, te suena o te sonará un nombre que repetimos mucho: MADRE PAULA. Y hablamos de ella como nuestra FUNDADORA. Ella fue una mujer emprendedora y valiente que a finales del siglo XIX se atreve a decir y creer que a pesar de sus defectos físicos, su escaso apoyo personal e institucional... ¡iba a dar lugar a una Congregación!

Pues sí. Se unía otra cosa: Madre Paula ya era un poco “mayor” en su época para emprender tanta cosa. Ahora decimos (aunque no siempre lo creemos) que 30 años no son nada, pero por aquel entonces ya eran años, ya, parece que a esa edad la vida tenía que estar como más bien hecha, muy hecha, con muchos pasos adelantados.

Y, sin embargo, ahí la tenemos. Una mujer que había pasado su vida en un orfanato, amparada y querida por las Hijas de la Caridad pero sin posibilidad de consagrarse a Dios como religiosa por sus circunstancias físicas y familiares, y que un día, porque la Providencia así lo decide, es llamada a ayudar a un montón de niñas que han quedado huérfanas como consecuencia de la famosa “Riada de Santa Teresa”, en el año 1879, en Murcia.

De algo tan aparentemente “prosaico”, y con la ayuda de un fraile franciscano que merece toda alabanza por el importante papel de acompañamiento y de apoyo que realizó con M. Paula y sus primeras compañeras, el P. Malo, nace un grupo que tiene como un “come-come” por dentro. Les gusta ayudar, les gusta estar al servicio de l@s demás, van ampliando campo, y atienden también a ancian@s y enferm@s allí donde se las avisa para que vayan, ponen todo en manos de Dios, se saben guiadas por nuestra Madre Purísima... pero falta “algo”, y ese “algo” es su consagración como religiosas.

Los primeros pasos (toma de hábito, primeras reglas...) parecen sencillos, pero no lo son tanto los siguientes: “con la Iglesia hemos topado”, se dice vulgarmente, y eso les pasó a ellas, que hasta conseguir la aprobación oficial tuvieron que luchar y suplicar mucho, tuvieron que renunciar en muchas ocasiones a la presencia confortante de M. Paula entre ellas, porque tenía que ir aquí y allá a gestionar todo...

Sus saludes pagaron las consecuencias de muchos de estos excesos: algunas hermanas murieron por atender a enfermos del cólera, otras en catástrofes, la misma M. Paula quedó finalmente sola en su último trance...

Y, sin embargo, aquí está la Congregación que con tanto esfuerzo fundaron, sigue en pie y adelante, a pesar de ser, en palabras de M. Paula, “una barquilla que zozobra en medio de un violento mar”.

Por eso decía al principio que creo en la evolución. Desde 1879 para acá ¡cuánto ha llovido! (aunque en Murcia no mucho, en honor a la verdad) y cuántas vueltas ha dado el mundo. Ya nada, lo que se dice nada, es como entonces.

En algo, quizás, seguimos siendo iguales: nos encontramos reunidas un grupo de hermanas más bien pequeño, nuestras posibilidades de mantenernos en pie a los ojos del mundo son más bien escasas, pero seguimos con ese ardor y amor a nuestro Dios, y a nuestra Madre Purísima.

Y aquí estamos. En pie. Como la caña de bambú, que se dobla, sí, pero no se rompe. Así me describía una amiga muy querida cuando entré en esta Congregación. Sin embargo, también por eso creo en la evolución. Yo antes parecía irrompible, parecía que nada ni nadie podría “moldearme”, era, simplemente, alguien a quien “dejar por imposible”.

Pero cuando miro atrás... ¡oh, Dios mío! A lo largo de 11 años (que se dice pronto) han pasado por mi mente, por mi cuerpo y por mi espíritu un año de postulantado, dos de noviciado, 5 de juniorado (votos temporales) y tres de votos perpetuos.

A lo largo de todos ellos, la caña de bambú algunos ratos fue más bien una ramita seca de pino, que se rompe apenas la tocan, otras un fuerte tronco que necesitaba ser talado con hacha, otras, una frágil flor, que aunque la cortaran de raíz, seguía esparciendo su aroma...

Ahora sólo soy o pretendo ser una hija de M. Paula que siga a Cristo como Francisco, de la mano de nuestra Madre Purísima. Pero ya no me empeño en ser nada, ni en ser de una forma o de otra, ahora voy acortando el espacio que siempre he intentado mantener para tomar mis propias decisiones y ampliando el que queda para que Dios vaya tomando las opciones más adecuadas, tengan éstas las consecuencias que tengan...

A veces me sigo doblando, otras quebrando, otras talando, otras esparciendo aroma, pero gozo de la misma grandeza de que gozó M. Paula y hemos seguido gozando todas las que hemos decidido seguir ese mismo camino: una hija de Dios que pretende “dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”.

¿Y no voy a creer en la evolución?

Hna. María Ayala de la Peña
Franciscana de la Purísima