MI EXPERIENCIA VOCACIONAL

Esta reflexión nace de una tarde de Ejercicios Espirituales, en la que el sacerdote nos invitaba a rememorar y revivir nuestra primera llamada, esa primera experiencia vocacional que ha alimentado y sigue alimentando las demás, aquel primer entusiasmo en el que soñábamos...

Revivir la llamada, el primer entusiasmo... Creo que no es posible ya. No es posible sabiendo lo que sé. Entonces estaba ciega, no sabía lo que me esperaba, y fui bamboleada por tantas experiencias, por tantas incertidumbres, por tantas cosas que antes de entrar no podía ni siquiera imaginar.

No, no quiero revivir mi primera llamada. Fue preciosa. Fue perfecta para dejarme “embaucar”, pero ahora ya no serviría, ya no estoy ciega, ya abrí los ojos a la cruda realidad que me rodea...
Y ¿me arrepiento? No. Y ¿hubiera preferido ver más? No. Y ¿creo que fui engañada, seducida “con malas artes” por mi Señor? No. De eso NADA.

Ahora, al cabo de once años, sabiendo lo que sé, consciente de que aún me queda mucho más por saber, consciente y libremente renuevo mis votos y deseo volver a renovarlos cada mañana, al despertar, incluso en esos días en que preferiría no haber despertado más, y renovarlos de nuevo en la noche, antes de dormir, para que también la noche sea tiempo de estar entregada a mi Dios, también cuando no estoy consciente y no es sólo que no puedo, sino que tampoco quiero tener el control sobre lo que Dios pueda hacer, porque es cosa de Él.

La primera llamada... Me veo a mí misma como en una nube, exultante de gozo, dispuesta a todo, enamorada hasta la médula de un Dios que yo creía que ya no me podía colmar más.

Y vaya si podía, vaya si lo hizo, vaya si sigue sin parar...
Por eso, ¿para qué volver? ¿volver la vista atrás por si hubiera quedado algo? No, no quiero convertirme en estatua de sal. Creo en un Dios vivo, un Dios de vivos y no de muertos, que colma tanto mi vida en cada momento que es a cada instante, en cada segundo, cuando no quiero volver la vista atrás, sino mirar hacia delante, mirar más allá, porque la experiencia me dice que no vivo en manos del Dios del pasado, sino en manos de Aquel que a cada instante me vuelve y vuelve a colmar.

Hna. María Ayala de la Peña